Cuando los hombres lloran
El hombre, y hablo del sexo masculino, tiende a tener una imagen de rudeza, de dureza, de sexo fuerte, de valentía. Ser un hombre historicamente significó ser el estandarte de lo vigoroso, significó ser la representación de lo recto.
Pero, aunque no se lo demuestre con frecuencia, el hombre también llora.
La pregunta sería, ¿cuándo llora un hombre? La respuesta no es tan sencilla, pero tampoco es tan compleja.
Desde niño, al varón se lo educa de una forma: "tenés que ser fuerte, tenés que aguantar el dolor, tenés que soportar lo que viene por una razón: sos un hombre, y los hombres son fuertes". El hombre no está acostumbrado a mostrar sus sentimientos, eso es para las mujeres, el hombre aguanta. Pero el hombre siente, siente mucho...
El hombre siente ira, siente envidia, siente lujuria... Siente frustración, siente angustia, siente amor...
El amor, ese sentimiento puro, caprichoso, endemoniadamente entrañable hace que cualquier persona, por más fuerte que sea, caiga rendida por el dolor.
Y cuando un hombre ama, cuando ama en serio, es totalmente vulnerable.
El llanto provocado por el dolor del amor es el llanto más puro que se puede ver en un hombre, porque sí, nosotros lloramos, y lloramos fuerte cuando amamos.
martes, 13 de mayo de 2014
lunes, 21 de abril de 2014
Caminé
por el tenebroso pasillo como unos veinticinco metros, hasta que me dijeron que
tenía que doblar a la izquierda. El aire de ese antro era muy lúgubre y pesado,
el olor que había era repugnante: había cadáveres de ratas por todos lados, restos de humanos, comida vieja y rancia.
Me
habían vestido con unos trapos sucios, viejos y con olor a vómito y pis.
Las
cadenas me pesaban y mucho, se me hacía muy difícil caminar, ya que estaba casi
sin fuerzas debido a la porquería que servían como comida.
El
guardia me hizo doblar hacia la derecha esta vez y me sentó en una rústica
silla de madera, al aire libre. Me di cuenta de los pequeños detalles que tiene
este mundo: el verde de las copas de los árboles, el celeste del cielo, el sol
que estaba más brillante que nunca.
Me
sentaron, me ataron los pies y las manos, seguro que era para que el cuerpo no
cayera en el pasto verde. El guardia que me acompañó, que por cierto era joven
e inexperto, me trajo agua. Nunca en mi vida había necesitado calmar mi sed
como en ese momento.
Ésta
vez sentí como el agua hidrataba mi cuerpo.
Una
vez que terminé de beber el agua, el guardia se retiro con el vaso y me dijo:
-No
es personal, no tengo nada contra usted, es mi trabajo- y despreocupado le dije:
-No
te preocupes, tal vez pase a un lugar mejor
El
guardia se alejó.
Un
gordo grandote con voz de “me hago respetar” gritó un discurso muy formal que
no casi no entendí, excepto la parte de: “se lo va a fusilar…”
Me
quisieron vendar los ojos, pero, no sé porque, me negué. Tal vez quise ver las
caras de los soldados.
Por
primera vez sentí que la brisa me refrescaba.
El
gordo gritó:
-¡Preparen!-
sentí un frío que me recorría la espina.
-¡Apunten!-
sentí que el frio pasaba, y me tranquilicé.
Cuando
escuché el “fuego” no sentí nada más, una sensación de paz me conquistó, quedé
mirando el cielo. No estaba el clásico pájaro que simboliza la libertad, pero la
imaginé, y por primera vez, sentí la libertad en mi cuerpo, y mi mente…
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