lunes, 21 de abril de 2014


Caminé por el tenebroso pasillo como unos veinticinco metros, hasta que me dijeron que tenía que doblar a la izquierda. El aire de ese antro era muy lúgubre y pesado, el olor que había era repugnante: había cadáveres de ratas  por todos lados,  restos de humanos, comida vieja y rancia.
Me habían vestido con unos trapos sucios, viejos y con olor a vómito y pis.
Las cadenas me pesaban y mucho, se me hacía muy difícil caminar, ya que estaba casi sin fuerzas debido a la porquería que servían como comida.
El guardia me hizo doblar hacia la derecha esta vez y me sentó en una rústica silla de madera, al aire libre. Me di cuenta de los pequeños detalles que tiene este mundo: el verde de las copas de los árboles, el celeste del cielo, el sol que estaba más brillante que nunca.
Me sentaron, me ataron los pies y las manos, seguro que era para que el cuerpo no cayera en el pasto verde. El guardia que me acompañó, que por cierto era joven e inexperto, me trajo agua. Nunca en mi vida había necesitado calmar mi sed como en ese momento.
Ésta vez sentí como el agua hidrataba mi cuerpo.
Una vez que terminé de beber el agua, el guardia se retiro con el vaso y me dijo:
-No es personal, no tengo nada contra usted, es mi trabajo-  y despreocupado le dije:
-No te preocupes, tal vez pase a un lugar mejor
El guardia se alejó.
Un gordo grandote con voz de “me hago respetar” gritó un discurso muy formal que no casi no entendí, excepto la parte de: “se lo va a fusilar…”
Me quisieron vendar los ojos, pero, no sé porque, me negué. Tal vez quise ver las caras de los soldados.
Por primera vez sentí que la brisa me refrescaba.
El gordo gritó:
-¡Preparen!- sentí un frío que me recorría la espina.
-¡Apunten!- sentí que el frio pasaba, y me tranquilicé.
Cuando escuché el “fuego” no sentí nada más, una sensación de paz me conquistó, quedé mirando el cielo. No estaba el clásico pájaro que simboliza la libertad, pero la imaginé, y por primera vez, sentí la libertad en mi cuerpo, y mi mente…

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